Imperfecto vs. Pretérito
Ejercicio E 1 y 2 de Repase y escriba pág.
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1. Mi viaje a Santa Rosa.
El despertador sonaba y sonaba mientras
yo escondía la cabeza debajo de la
almohada resistiéndome a despertar. Estaba
soñando que era bombera y que la
alarma anunciaba un fuego que mis
compañeros y yo debíamos apagar,
pero estaba paralizada y no podía mover los pies. Tardé más de cinco minutos en darme
cuenta de que el sonido venía de mi
mesa de noche y no de una alarma de incendios.
Me
lavé y me vestí precipitadamente.
No tuve tiempo para preparar el
desayuno. Viajaría muy temprano a Santa
Rosa porque mi tía, que vivía sola,
me había escrito que estaba enferma y me necesitaba. Por fin lista, miré
el reloj de pulsera. ¡Qué tarde era!
El autobús salía a las siete y sólo faltaban veinte minutos. No valía la pena llamar a un taxi porque vivía
a sólo diez cuadras de la estación, así que tomé mi maleta—que afortunadamente no pesaba mucho--, cerré
con llave la puerta de entrada y eché
a correr.
No había nadie en la calle tan temprano porque era domingo. Era otoño y
amanecía tarde; todavía el cielo estaba oscuro. Yo anduve tan rápido como me lo permitieron
las piernas. Cuando estaba/estuve a
la mitad del camino, un gato madrugador cruzó
veloz frente a mí. En el patio de una casa, un gallo cantó tres veces.
Legué
antes de las siete a la estación terminal de autobuses, pero estaba tan agitada por la carrera, que
apenas podía respirar. Consulté el horario que estaba en la pared. Efectivamente, allí
decía que el autobús para Santa Rosa
salía a las siete de la mañana. Miré a mi
alrededor. Había un autobús
estacionado en el otro extremo de la estación terminal y cerca de él vi a cuatro
pasajeros que esperaban en los
bancos. Un niño dormía en el regazo
de su madre y ella inclinaba la
cabeza, un poco dormida también. En mi sección de la estación, sin embargo, estaba yo sola, y esto me pareció muy extraño.
Junto a mí pasó un viejecillo pequeño y delgado, que llevaba uniforme azul desteñido y apretaba en la mano derecha un llavero enorme. “Un empleado”, me dije, y le pregunté al viejo si el autobús para Santa Rosa venía retrasado.
--No señorita,--contestó, y consultó la
hora en un reloj antiguo que sacó
del bolsillo de su pantalón.
Pero el viejo añadió que mi espera iba
a ser larga porque apenas eran las
seis. ¡Las seis! Dirigí la vista a
mi muñeca. Yo tenía las siete. El
viejecillo sonrió y aclaró mi confusión. Me recordó que la hora de verano había terminado la noche anterior y que
había que atrasar una hora los
relojes. Todo iba a tener un final
feliz, después de todo. Pero ¡qué lástima! A causa de mi error con respecto a
la hora, no pude apagar el fuego.
2. Habla la suegra de Juan
Juan era un hombre culto y honrado, pero le advertí a mi hija Felisa que no le convenía ese novio, porque ganaba muy poco en su trabajo de
periodista. De todas maneras, Felisa se casó
con Juan, pues lo amaba y pensaba que él la amaba también. Vivían
sin lujos, pero parecían felices.
Cuando murió Tiburcio, mi pobre marido, como
no podía mantenerme sola con la
mísera pensión que me dejó, decidí mudarme con mi hija y mi yerno.
Al principio, Juan y yo nos llevamos bien,
pero pronto él comenzó a quejarse de
mí. Descubrí que era tacaño, y repetía constantemente que Felisa y yo gastábamos demasiado, y especialmente, que comprábamos muchos trapos. Claro que teníamos que comprarlos; mi pobre hija tenía muy buen apetito y engordaba
y engordaba. La ropa de antes ya
no le servía/sirvió; había aumentado cinco tallas.
Juan se alistó en el ejército y se fue a la guerra, y al poco tiempo, llegó la noticia de su muerte. Mi pobre
Felisa pasó dos días llorando, y al
tercero, comenzó a hacer gestiones
para recibir su pensión como viuda de un veterano.
¡Pero todo fue una falsa alarma! Recibimos una
carta de Juan, explicando que no estaba
muerto y que regresaba (regresaría)
pronto. ¡Qué contenta estaba Felisa!
Apenas llegó Juan, le dijo que tenía que conseguir un segundo empleo, pues no podíamos vivir decentemente con lo poco que le pagaban. La ropa de Felisa ya le quedaba otra vez estrecha y necesitaba
comprar más. La situación entre mi yerno y yo era un poco difícil; casi no me hablaba y me miraba de
una manera extraña. Yo sospeché que
no me quería.